El movimiento independentista mexicano tiene como
marco la Ilustración y las revoluciones liberales de la última parte del siglo
XVIII. Por esa época la élite ilustrada comenzaba a reflexionar acerca de las
relaciones de España con sus colonias. Los cambios en la estructura social y
política derivados de las reformas borbónicas, a los que se sumó una profunda
crisis económica en Nueva España, también generaron un malestar entre algunos
segmentos de la población.
La ocupación francesa de la metrópoli en 1808
desencadenó en Nueva España una crisis política que desembocó en el movimiento
armado. En ese año, el rey Carlos IV y Fernando VII abdicaron sucesivamente en
favor de Napoleón Bonaparte, que dejó la corona de España a su hermano José
Bonaparte. Como respuesta, el ayuntamiento de México —con apoyo del virrey José
de Iturrigaray— reclamó la soberanía en ausencia del rey legítimo; la reacción
condujo a un golpe de Estado contra el virrey y llevó a la cárcel a los
cabecillas del movimiento.
A partir de 1810, el movimiento independentista pasó
por varias etapas, pues los sucesivos líderes fueron puestos en prisión o ejecutados
por las fuerzas leales a España. Al principio se reivindicaba la soberanía de
Fernando VII sobre España y sus colonias, pero los líderes asumieron después
posturas más radicales, incluyendo cuestiones de orden social como la abolición
de la esclavitud. José María Morelos y Pavón convocó a las provincias
independentistas a conformar el Congreso de Anáhuac, que dotó al movimiento
insurgente de un marco legal propio. Tras la derrota de Morelos, el movimiento
se redujo a una guerra de guerrillas. Hacia 1820, sólo quedaban algunos núcleos
rebeldes, sobre todo en la sierra Madre del Sur y en Veracruz.
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